La necesidad de un padre

“Cuando era niño solía imaginar animales deambulando debajo de mi cama. Le dije a mi padre y resolvió rápido el problema: le cortó las patas a la cama.”
-Lou Brock (All-Star de los Cardinals, retirado)

Desde unas décadas a la fecha, y en gran parte gracias al auge de la “equidad de género”, la imagen y el rol de los padres en la relación familiar se ha venido demeritando en general, a pesar del mini boom que se fomentó por un tiempo de la mano de Bill Cosby y su libro “Fatherhood”.

Y desde cierto punto de vista, la imagen de que ser padre es muy simple comparado con el mayor trabajo que lleva la madre en la procreación y sobrevivencia de los hijos está muy bien fundamentado.

Como lo he explicado antes, por naturaleza la mujer, al ser quien concibe en su cuerpo y está genéticamente diseñada para criar a los hijos (desde ahí, si lo piensan un poco, pueden olvidarse de la “equidad”) se lleva la gran parte de la responsabilidad en el juego de la reproducción.

En cambio, para el macho de la especie (el hombre como padre) es mucho más “fácil” su trabajo de simplemente embarazar a la madre de sus hijos y poder (si la relación tiene problemas ) alejarse y desentenderse de su rol de papá ya que por instinto materno (las que lo tienen como debe ser, claro está, porque hay cada loca que deja a su recién nacido en la basura) la madre no tiene otra opción que luchar por su progenie con o sin un padre. Así, el padre, como le dicta la naturaleza mientras pueda, tiene ahora la libertad de hacer más hijos con alguien más.

Sin embargo, y a pesar de lo que muchas “feministas” y evangelistas de la “equidad de género” proclaman, el padre es y debe ser una pieza clave de la relación familiar, y no una parte de la que pueden prescindir los hijos. Y la razón es tanto biológica como psicológica (y en este rubro hasta más importante que la necesidad de una madre, como podrán leer más adelante).

Es biológicamente obvio (y lo siento por quienes nunca aprendieron esta parte de sus clases de ciencias naturales y hoy quieren pensar lo contrario) que la razón principal de la necesidad de existencia de los padres (además de para la reproducción misma) es la de ser el principal sustento en cuanto a recursos de la familia.

Y esto desde el punto de vista natural no tiene argumentos en contra por un solo hecho innegable: si la madre no tiene que ocuparse en otras actividades más que en criar, educar y ayudar a sobrevivir a su hijo, es mucho más probable que ese hijo (o hija) crezca sano tanto física como psicológicamente, y con mayores posibilidades de a su vez crear una familia funcional propia (lo cual es el punto de la existencia misma como seres vivos y humanos).

Y esto (a menos que la madre tenga una familia extendida a la que el dinero le sobre para que le provean de los recursos necesarios y no tenga que trabajar para conseguirlos) solo se puede conseguir cuando la otra mitad de la familia, el padre, lleva a cabo su parte del trato trabajando para conseguir el sustento, como fue diseñado por la naturaleza para hacerlo.

Pero (y aunque la verdad de esto lo han sabido desde tiempos inmemoriales de una u otra forma los sabios de las sociedades), parece ser que desde un tiempo a la fecha en la historia de la civilización se ha querido creer que el rol de proveedor es el único que el hombre aporta en la relación familiar, demeritando el resto, si es que se considera necesario o que no lo puede llenar la madre sola.

Entonces, ¿qué otra diferencia crítica puede significar  la falta o la existencia de un padre en una familia? Solo necesitas pensar un poquito.

La madre (incluso la moderna), sin importar cuantos roles no tradicionales asuma, sigue siendo vista como la criadora y guardiana emocional principal de los hijos. Está en sus genes y en su “alma”.  Un rol similar nunca se le ha atribuido, al menos generalmente reconocido, al padre; al punto en que mujeres como Margaret Mead han declarado que el hombre es, más que una necesidad biológica, un accidente social en cuando a su rol en la familia.

Afortunadamente no necesitamos analizar psicológicamente las razones (seguramente basadas en trauma personal) de Margaret Mead para descartar esas y otras concepciones sobre la importancia de la paternidad.

La otra importancia del padre

En la última década (por fin),  investigadores han estado descubriendo los detalles psicológicos de la relación padre-hijo, detallando cómo funciona y, más importante aún, como se diferencia de la relación madre-hijo. Y lo que está resultando, es que ser padre es un complejo y unico fenómeno con grandes consecuencias para el crecimiento emocional e intelectual del niño.

La clave para esto es algo que a la mayoría le puede parecer mundano y sin chiste: los padres conviven diferente con sus hijos; ellos juegan más con los niños que las madres.

Sus interacciones tienden a ser más físicas y menos íntimas, dependiendo más del humor y la emoción. Y aunque estas distinciones pueden a simple vista parecer poco reveladoras, significan un mundo de diferencia para los niños.  El estilo de interactuar de un padre resulta crítico para enseñarle al niño control emocional. De la misma forma, las interacciones padre-hijo parecen ser centrales en desarrollar la habilidad del niño para mantener fuertes y complementarias relaciones sociales en su futuro.

Y no crean que todo es miel sobre hojuelas con solo tener un padre. Pero otra prueba de que los padres son más influyentes de lo que a la gente le gusta aceptar es que estudios han demostrado que los padres que tienen una baja autoestima tienen un más grande impacto negativo en sus hijos que las madres quienes no se gustan así mismas.

Un padre, desde este punto de vista, debe trabajar más en su relación con sus hijos o hijas debido a que está comprobado que el lazo padre-hijo es el más frágil a la hora de que la relación entre los padres tiene problemas. O sea casi por default, los niños preferirán a la madre cuando ven que su relación familiar se deteriora.

Así, nada más con este pequeño análisis, pueden ya comprender la frase del inicio.

En pocas palabras: a diferencia de una madre, quien al saber del problema del pequeño Lou se acostaría a su lado  y lo apapacharía hasta que se quedara dormido, su padre lo ayudó a ser lógico y a enfrentar sus temores. Sin patas, la cama no tiene un lugar para que los animales imaginarios deambulen, y si eran solo imaginarios, así lo corroboraría estando más cerca del piso.

Seguramente sin alguien así como su padre, el pequeño Lou nunca hubiera llegado a ser la estrella del beisbol  que llegó a ser y el entrenador admirado que hoy sigue siendo. Que hubiera tenido la mamá más protectora y cariñosa (y lejos de su casa para trabajar por el sustento de ella y todos sus hermanos) no hubiera sido de mucho provecho para el futuro de Lou Brock.

Así que, mujeres, piensen un poquito más en lo que se van a meter… y en quién merece ser el padre de sus hijos. Por estas y muchas razones más. Las que tuvieron un padre de verdad, sé que pueden.